Momentos

Una cadena de favores

Tengo la gran suerte de poder ir andando a mi trabajo, esto en Madrid es realmente una suerte. Son 20-25 minutos de tranquila marcha que, sobre todo, me ayudan a planificar el día, las cosas que tengo que hacer, llamar o, también, cómo no, si tengo que hacer alguna compra de última hora para alguna recetilla que tenga pensado hacer.

A los que nos gusta comer y no demasiado el ejercicio ( siempre le pongo alguna excusa a los horarios del gimnasio, aunque luego me arrepiento de no tener ese hábito) nos han solucionado la vida con la teoría de los 10.000 pasos, que os explicaré en otra entrada.

Pero no quería dejar de contaros una escena que veo cada día cuando voy al trabajo: se trata de una madre, ya mayor, en silla de ruedas, perfectamente vestida y peinada, guapísima en su edad, empujada por su hija que la conduce, ayudada por el portero de la finca, a la ambulancia de un centro de día para mayores (ya sabéis, es un servicio del Ayuntamiento, imagino que de casi todas las ciudades grandes, destinado al colectivo de mayores únicamente en régimen diurno, y así pueden seguir conviviendo con sus familiares, que tienen que trabajar en ese horario). La hija se despide cada día del portero con una sonrisa, de las personas encargadas de dicho servicio con dos besos, por algo cuidan de su madre, y de su madre con un abrazo y un beso contagiosos. Y cada día, también, corre y cruza la calle donde un autocar de ruta de un colegio internacional de Madrid, le espera para empezar las clases, aparcado como puede. Todos nos sentimos identificados con ella, que se esfuerza por mantener su trabajo y a su familia cuidados; todos podemos encontrarnos en algún momento en esa situación y agradeceríamos que cuidaran con cariño a nuestros familiares o que un autocar nos estuviera esperando con paciencia, sin agobios.

Me enternece ver cómo, más allá de los puramente profesional, una cadena de favores que nada cuesta y que no aparece en ningún contrato, hace posible que esa señora en silla de ruedas pueda vivir con su hija, impecablemente cuidada y querida, pudiendo continuar ésta con su labor profesional sin menoscabo de sus deberes personales. Seguramente esa profesora de ese colegio, será tan buena maestra como hija. Cosas como esa me hacen creer que el ser humano es mejor de lo que parece, que una sonrisa y un abrazo lo arreglan todo… y que mis paseos matutinos se llenan de momentos. ¿estáis de acuerdo?

fotoabrazo1

Anuncios